viernes, 13 de mayo de 2011

El armario del Rey


La suerte es una compañera de viaje difícil de tratar, campa a sus anchas en tu vida yendo y viniendo a capricho, llega cuando menos te lo esperas y se evapora cuando más la necesitas. Estaba claro que en éste momento yo no la tenía conmigo. ¿Cuántas posibilidades hay de que al rey de Francia, escoltado por decenas de soldados, médicos y nobles lameculos de toda variedad le de un ataque de asma tan fuerte que tenga que abandonar la cacería de apertura del otoño y deba regresar a sus aposentos? ¿Y cuántas posibilidades de que haya sido esa y justo esa la tarde que su deliciosa esposa, reina de todos nosotros por la gracia de Dios se decida a dar rienda suelta a sus pasiones más oscuras con un servidor?
La empresa había sido titánica, tras meses de miradas de soslayo, sonrisas cargadas de disimulo y cierto devaneo fantasmagórico por mi parte conseguí quedarme a solas con su majestad, presa ésta del deseo más humano y menos divino.
El lugar de encuentro fueron los jardines de palacio y con la excusa de mi pluma y cierto poema venido en gracia por mano del mismísimo satanás, que guiaba la curvatura de las letras, su majestad mandó a hacer puñetas a su escolta. Bajo la luz de crepúsculo y hechizada por las palabras que salían sensuales de mi boca, gráciles y firmes como un águila a punto de cazar a su presa ya nada pudo hacer cuando rozando sus manos, sus manos que eligieron y tomaron el Dios hecho hombre le susurré al oído, te deseo. Ella, tímida temerosa hasta el exceso quitó sus manos de las mías y se fue sin mediar palabra escoltada por la guardia que por un momento, creí que me echaría encima. Pero el rito ya estaba iniciado y mis versos corroyeron las profundidades más perdidas de su alma, la dejaron huérfana de convicciones, nublaron su razón y tras una chispa se encendió el fuego del deseo que todo lo quema. Durante días repitió palabra a palabra el poema, lo tenía incrustado en su ser cuando se levantaba, cuando comía, cuando se acostaba con el real cornudo y cuando se metía en el lecho para después soñar las palabras.
Una carta sin sello, parcas palabras y la pena de muerte como advertencia para la criada de confianza que durante la entrega no levantó la vista del suelo, no queriendo ver el rostro de la persona a la que iba dirigida por nada del mundo. El día de la cacería, aprovechando la pública y reconocida aprensión de la reina por la sangre, sería el momento en que la criada me llevaría hasta el aposento real, calculando unas cuantas horas entre caza y vino.
Y hoy, maldito día, momento de momentos, fecha ansiada y deseada me encuentro en el armario del mismísimo rey de Francia, con el miembro tozudo todavía viscoso por el placer interrumpido, el miedo en el cuerpo y la certeza de que una puerta separa la vida de la muerte. Si no llega a ser por la señal de la criada a estas horas mi cabeza ya estaría en bandeja de plata.
El médico acaba de irse, el rey recostado en la cama mira a su esposa con ojos tiernos mientras le agarra la mano sin sospechar que ella tiene el corazón desbocado y no de amor precisamente.
_Casi no lo cuento, amor mío _ susurró entre algodones el rey.
_No diga eso, faltan muchos años para que el divino le requiera a su lado _se notaba que estaba haciendo uso de todo su temple para hablar. Podía incluso sentir su mirada soslayada que atravesaba el armario en el que me encontraba, dando cuenta de su pavor a ser descubierta.
_Es curioso …_continuó el rey _ estás montado en el caballo más veloz del reino, tras un jabalí de tamaño poco menor que el de un toro de esos repugnantes vecinos nuestros y en un momento estás bajo tierra, devorado por gusanos que no entienden de clases ni estamentos y que les sabe tan bien la carne del rey como la del pobre ó el cura.
_No penséis en eso, mi señor. El médico ha dicho que os pondréis…
_¿Y sabes que es más curioso? _interrumpió _ que de haber muerto por ésta dichosa tos del demonio que me acompañará a la tumba habría sido por una noticia de lo más inverosímil, habladurías, diría yo, pero en ésta vida tan enrevesada quien sabe que es verdad ó mentira.
No me estaba gustando para nada los derroteros por los que estaba empezando a tornar la conversación. Pensé para mis adentros que por lo más sagrado mi pensamiento pasara de mente a mente, no preguntes bella mía, no preguntes que noticia es esa.
_Debe descansar, mi señor. Ha sido un día duro.
La reina soltó la mano real y se levantó. Por un momento creí que el milagro se haría realidad pero apenas estaba a punto de llegar a la puerta,
_¿Quién está en el armario querida, mi preciosa reina, mi deidad?

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