martes, 3 de junio de 2014

EL CAMINO

  El olor a orín y sudor llega a marearme más que el propio movimiento oscilante del barco. Tengo los brazos entumecidos y apenas puedo sentir las manos agarrotadas, que ya son uno con el remo.

       No recuerdo la última vez que nos dieron algo de comer y apenas hemos bebido hoy. Si querían matarnos, ¿Por qué no lo han hecho ya? Este sufrimiento es aterrador. El látigo ha sido el único contacto que ha tenido mi cuerpo desde que nos apresaron. Nos metieron en esta tumba hueca y nos encadenaron como perros. Sin ninguna explicación. 
        Con los días llegas a acostumbrarte a que te griten en un idioma extraño, que te escupan, que te peguen. Lo que no puedo soportar es la incertidumbre. Prefiero mil muertes que no saber que van a hacer con nosotros, a donde nos llevarán. 
        Entre el remo y el agujero en el que va engarzado hay un pequeño hueco, no es muy grande, lo suficiente para que pueda ver la luna reflejada en ese pozo negro y entre algo de aire. Ese olor me embriaga y me permite cerrar los ojos e imaginarme que soy… libre.
        Qué curioso que siempre pensé que la libertad sería irme del poblado. Saber que hay más allá, al otro lado de ese azul infinito. Siempre me dieron miedo las leyendas que contaban los viejos. Decían que al final del mar está la muerte. “No hay nada más allá de tu hogar”, decían. Ahora lo entiendo todo.
      Nos hemos parado. Creo que por fin hemos llegado a donde quiera que sea. De los que salimos del poblado hemos llegado menos de la mitad. No sé que habrán hecho con sus cuerpos. Algunos decían entre susurros que los tiraban al mar. Espero que no sea cierto. Lo único que no puede negársele a ningún ser humano es un entierro digno para que su alma pueda ser libre. Todos los captores están excitados, se mueven deprisa, gritan. Solo hay una palabra que dicen mucho que aunque no entiendo he llegado a aprender: “esclavo”.

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